miércoles, 20 de agosto de 2014

"Un sueño infiel".

Si  pudiera estar en dos momentos a la vez, tengo más que claro cuales viviría. Uno sería el día que te conocí, obviamente, porque a partir de ese día volví a creer en algo que hacía mucho me había abandonado. Seguramente estés pensando en “amor” o “felicidad”, lo sé porque siempre recuerdo cómo, con tu mirada de espinas, me decías que no dejaba de repetírtelo alba tras alba, crepúsculo tras crepúsculo. No, en ninguna de esas empecé a creer nuevamente. Volvieron mis ganas de vivir, porque en eso me volviste a hacer creer, en la vida misma y como ésta es el disfrutar cada momento de ella; sobretodo los pequeños pincelazos de nuestro día en los que nos abstraemos de todo lo negativo que nos rodea y somos nosotros mismos.

Muchos dicen que el día que nos entregamos a Morfeo de por vida nuestra vida pasa justo delante de nuestros ojos en un santiamén. A mí me llegó justo en el momento que cruzaste por la diagonal principal de mis andares. Me encontraba en medio de mi dilema continuo, “¿Vodka o Ron?” Como quién dice “¿Page o Hendrix?”. Salí de aquella tienda de alcoholes baratos y sueños rotos añorando un ápice de pasión esa noche de verano. Entonces mis ojos cansados te encontraron, tan inmaculada, tan perfecta, tan tú. No podía dejar de admirarte, esa sonrisa tan limpia y despreocupada me dejaba sin aliento, me asfixiaba la simple idea de no tener el valor de acercarme a vos y sencillamente preguntarte tu nombre.

Tras un par de tragos de vodka, porque vamos a admitirlo siempre era vodka, me armé de valor y poesía, me acerqué a tu pelo de esmeralda y te pregunté suavemente al oído: “¿Eres un ángel o estoy en el cielo?” .

Entonces llega el segundo momento que viviría a la vez. Justo el momento en el que abriste la boca y me respondiste entre carcajada y carcajada “De hecho, soy Ángela”. Recuerdo la de veces que nos reíamos de mi cara, roja como el atardecer mismo, y mi expresión de total vergüenza y ebriedad. Me quedo con ese momento porque fue la primera vez que te vi sonreír. ¿Quién me iba a decir a mí que cambiaría mi vodka por esa alegría? Porque a partir de ese momento me emborrachaba a risas tuyas, a miradas tuyas a palabras tuyas.

Podemos darle todas las vueltas que quieras a la situación pero el hecho es que no puedo revivir dos momentos y mucho menos a la vez. Lo que sí está claro es que hasta que el sol salga por el oeste y se ponga por el este yo protegeré esos momentos con mi alma, no los compartiré con nadie porque son nuestros. Tuyos y míos. Igual que tú eras mía y yo era tuyo. Yo cumpliré con mi palabra por más que la tuya valga menos que una mísera peseta a día de hoy. La vida me devolvió esperanza y tú le devolviste a la vida todo aquello que me había dado.

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