Envidia, solamente veía envidia a través del espejo. Envidia punzante y desgarradora, de esas que mueven fronteras y que en ocasiones llevan a la locura extrema y despiadada.
Dos pasos, una escalera. Apenas llego al último escalón lanzando suspiros de agonía. Te encuentro, ahí estás vos bien acompañada por tu caballero, tu escudero y fiel compañero. Se cierra una ventana y te desvaneces como la nieve cuando llega la primavera, lentamente y con más elegancia que la esencia de un rubí.
Ante mí, la cruda realidad. Una habitación vacía de amor y llena de recuerdos. Tenía envidia, mucha envidia porque cada segundo dentro de esas cuatro paredes de poesía desnuda se convertirían en mi peor pesadilla. Intento abordar la mayor cantidad de esquinas de mi celda de sueños rotos y observo como mi rostro se esfuma de cada fotografía. Gritos, desesperación, música, 2 hielos y mucho whisky.
Despierto del peor regalo que pueda hacer Morfeo. Sigo ebrio de pasión y aturdido de terror. Me levanto como puedo y te veo con tus cosas en la puerta de mi alma, tú apunto de abandonarme y yo apunto de dejarte ir. Dos lágrimas en tu cara haciendo piques para ver cual llegaba antes a su destino. Las detengo y digo fríamente:
"Mi amor, mi vida, mi sol y estrellas si vos te vas yo desaparezco, he subido la escalera de mi vida y ahí estabas esperándome arriba, donde nuestros caminos por fin se cruzan. Si te dejo ir se cierra nuestra ventana y dará paso a otra en la que quedo aislado, encerrado en mi propio mar de desgracias. Lo llamaremos Pablo en honor al poeta que nos unió y al que juré que estaría con vos incondicionalmente, pasara lo que pasara. Te quiero hoy, mañana, ayer, siempre".
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