“Todos podemos escribir poesía” aclamaba mi profesora de
castellano con aliento a alcohol barato. Fue la primera mentira que jamás
escuché de ella, una afirmación que se consumía como un cigarrillo por la
mañana y que dejaba en evidencia la ciega fe que tenía e sus pupilos. No todos
podemos escribir versos, no todos somos Bécquer, Benedetti o Machado. Aquellos
capaces de retratar sus sentimientos son los verdaderos escritores. Plasmar el
dolor o el amor en papel no es marcar un gol en el patio. Plasmar el dolor o el
amor en papel es desgarrarte el corazón, abrirlo de par en par y encontrar en
él tus experiencias, sentir que todo se apaga, que estás solo en el universo y
que solamente la profunda mirada de sus ojos pueden llevarte a otra dimensión.
Escribir poesías es hacerte de cristal, frágil y fácil de romper pero a su vez
elegante como Frank Sinatra. Tener el carácter de Thom Yorke y la entrega de
Rafa Nadal. Escribir no es una afición, es una pasión. No todos somos
pasionales, no todos somos capaces de abrirnos al mundo entero, desnudarse y
mostrar nuestras carencias. Cómo bien dijo Neruda: “la poesía llama a unos
pocos, nos toca y hemos de sentirla.
Mel me hizo sentirla, por eso estoy aquí escribiendo de mi
puño y letra aquellas tardes grises de Sting y chocolate. De besarnos hasta el
amanecer, de quererse como dos amantes: incondicionalmente. Entonces te fuiste
y me dejaste en la desdicha, hiciste añicos nuestros sueños de hierro y
entraste en lo más profundo de mi ser. Cada lágrima perdida me recordaba
:”todos podemos hacer poesía entonces escuché un silencio ensordecedor y
desperté en medio de un mar de dudas que ni el mismísimo Holmes podría
resolver. Fue entonces cuando decidí escribir estas líneas que de mucho no han
de servir, pues con el tiempo se irán muriendo infelizmente en el recuerdo de
una tarde de otoño 2010
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