Y ahí nos encontrábamos, perdidos en la
noche parisina, sin rumbo. Con la certeza de que estábamos en el lugar correcto
en el momento perfecto. Y miré tus ojos cristalinos, tan infinitos como el
sentimiento que me invade cada vez que te beso. Pero no esta vez no encontré
respuesta.
Estabas taciturna como la noche misma, como el que suspende con
4,92. Fue entonces cuando empezó esta agonía, tan amarga como el vinagre y tan
agria cómo la lima. Dejamos París y con ella tus ganas de amarme, aquellos
pétalos de vida y amor que antes cuidábamos juntos empezaron a marchitarse, a
caer como las hojas de los árboles en otoño. Ni mi espada de poemas y relatos
revivía la llama, una llama que llegó a arder cómo el mismísimo sol.
Agonía, no
sentía más que agonía; tan inmensa y aterradora como el vacío, tan punzante
cómo un puñal de espinas, tan intensa como la manera en que te amé. Vos sos mi
agonía, mi vida y mi todo.
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