Tempestad? Tormenta? Terremoto? Tsunami? De entre todas no
sabría cual elegir, lo que sí está claro es que empezaría por “T”.
Por “T” de “templanza”, la templanza que caracteriza tu
sonrisa soñolienta, tan viva y perfecta como el despertar de mi existencia cada
vez que descubro tu manto de alegría y atrevimiento; como la templanza que me
falta cada vez que te hablo, inquieto y fascinado por tu mirada. Sí, he de
admitir que no poseo la virtud de la templanza cada vez que estoy a tu lado,
cada vez que tus ojos de hielo se posan en las sendas de la vida, una vida que
es reacia al fracaso, a lo cotidiano, llena de ambición y fantasía.
Por “T” de “tesón”, algo que desde luego te identifica. Esas
ganas de trabajar, en todas las facetas del día a día ya sea deportiva o
académicamente. Ese tesón me atraía, cada vez más, poco a poco, como atrae el
sol a los planetas. Siempre recordaré esa tarde de otoño, las nubes lloraban
desatadamente y vos bailabas al son de cada lágrima caída. He de confesar que
siempre deseé viajar por el valle de tus caderas, llenas de lujuria y pasión
para mis ojos débiles, vulnerables a tu mirada y que se llenan de dicha cada
vez que dices un simple “hola”. Haces temblar mis entrañas de cristal,
atormentas mis sueños e invades mi alma constantemente, llenándola de júbilo y
emoción.
Por “T” de “talento”, admito que estás repleta de ello. Tus
relatos, llenos de poesía y verdad, me atraviesan como un espada de flores,
suavemente, acariciando cada esquina de mi cuerpo, dejando en él un olor a
melancolía y hierbabuena . Tu cabello, reluciente como el amanecer, me
hipnotiza y me lleva a una dimensión en la que parezco un tonto en busca de
algo inalcanzable, tu amor. Siempre has
sido como un espejo, quiero decir, que para verme tengo que mirarte.
Sí, he llegado a la deducción de que eres un ángel sin alas,
terriblemente hermoso y deslumbrante. No salgo de mi asombro, cristalino como
un diamante, cada vez que compartimos literatura, cada vez que hablamos de
música hasta las tantas o del largometraje que queremos ver.
Siempre recordaré lo primero que jamás te dije, yo siempre
actuando cual poeta desarmado, traicionado por sus propios versos; que no es
capaz de actuar como un ser normal, que encuentra fascinante aquello que le
resulta a la multitud aburrido y en ciertos casos ambiguo. “Lápiz o
sacapuntas?” Seguramente jamás te confesé que en ese momento deseaba que
dijeras lápiz, que fueras la primera capaz de entender la pregunta, una
pregunta a la que la mayoría de esta sociedad, sexista e ignorante, encuentra
connotaciones sexuales. Y aquí estamos, yo perdido en mi propia agonía y
asfixiado por mis propias pasiones que son incapaces de ceder ante lo evidente.
Y vos radiante como siempre, supongo que por ello es normal que jamás te
fijases en un peón cualquiera en esta partida de ajedrez que considero es la
universidad.
Me quedo con “tempestad”, que es lo que realmente eres,
perturbas mis aguas marinas repletas de versos de Neruda y Machado, haces
variar mi presión poética dependiendo de
cuan cerca estemos y acabas con truenos de lírica acompañada de una lluvia de
belleza inconmensurable. La tormenta perfecta, mi tempestad ideal.
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